
Los perfumes son para muchas mujeres objetos de deseo, casi un fetiche. Pero es un verdadero misterio sensorial por qué nos fascinan las agradables fragancias que se multiplican por miles en el mercado, y por qué cada uno tiene un par de marcas que las sienten como un elemento que nos definen.
Es que precisamente, el perfume logra dejar una marca cuando vamos por ahí utilizándolo. El alcohol y las esencias aromáticas que lo componen logran que la fragancia perdure por varias horas, y cuando alguien nos huele, además de generar una agradable sensación dejamos un rastro en su memoria. Cada vez que volvemos a usar el mismo perfume, o que esa persona lo huele en otra parte, inmediatamente su memoria olfativa lo retrotrae a nosotros.
Los aromas evocan muchas cosas. Como esa comida que con sólo olerla, te lleva en un segundo a la cocina de tu abuela en la niñez, los perfumes logran ese mágico efecto.
Los hay de diferentes tipos: algunos con notas más florales y frutales, los preferimos en verano ya que transmiten frescura. Por el contrario, los aromas más dulces y especiados los dejamos para el invierno, pues nos dan sensación de calidez.
También algunos más imponentes y los utilizamos para la noche, para ocasiones especiales en que la situación lo amerite, como una cena de gala, y se condicen con el atuendo. Otros más suaves, los elegimos para todos los días, para el trabajo o la vida cotidiana. Otros con notas más ácidas pero casi masculinas, son los indicados para hacer deportes.
Dan sensación de higiene y nos envuelven en un halo místico: no sólo damos buena impresión, nos sentimos mejor con nosotros mismos y eso lo transmitimos a los demás. Son nuestro pequeño hechizo de seducción cotidiano.
Vía: Belleza Mujer

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